sábado, 5 de abril de 2014

¿Abril?

Querido lector imaginario:

¿Es en serio? ¿Estamos en abril? ¿Ya? Me preocupa, ¿sabes? Porque abril es el cuarto mes del año, lo que quiere decir que un tercio de este ya quedó atrás. Quedó atrás para siempre, para nunca más volver, es tiempo perdido, irrecuperable, ¡irrecuperable!, querido lector. Es inevitable, entonces, preguntarse qué estoy haciendo con mi vida, en qué gasto esos valiosos minutos que incluso ahora corren sin control. ¿Te digo la verdad? No lo sé. Es decir sí, sí sé qué hago con mi vida, pero, cuando me lo pregunto como ahora, no sé qué responder. Estudio, tengo un trabajo de medio tiempo, salgo con mis amigos de vez en cuando, como, duermo, me despierto. Qué más. Esa no es una respuesta válida. Qué más. Qué más haces con tu vida. ¿Haces por lo menos las cosas que quieres hacer?

He ahí la cuestión. ¿Haces lo que quieres? ¿Eres feliz despertándote todos los días frente a la expectativa de lo que será tu día? De nuevo: no lo sé. De hecho, no sé por qué te estoy escribiendo en este momento, querido lector imaginario. Pensé en ponerte al día con mis progresos sobre la lista de propósitos que me planteé al inicio del año, pero, en cambio, estoy reflexionando inútilmente sobre el transcurrir del tiempo.

Para que esta entrada no sea una causa perdida (y para no transmitirte la desazón inefable de quien súbitamente descubre el tiempo), volveré a mi intención inicial y te contaré un poco sobre mis propósitos de Año Nuevo. O mejor no. Mejor solamente digo que puedo hacerlo mucho mejor. En especial si considero todo lo que te acabo de decir sobre el tiempo, sobre la importancia de aprovecharlo, sobre la felicidad. En resumen, querido lector imaginario, es momento de un wake-up-call urgentísimo, de una cachetada en la mejilla derecha, de un baldazo de agua fría, de lo que quieras, con tal de reaccionar.

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