viernes, 31 de enero de 2014

2 de 40 (o cupcakes light de manzana)

De light solo tienen el yogurt de dieta y el puré de manzana sin azúcar, porque estos cupcakes tienen todo lo demás. Lo bueno de que sean cupcakes, y no un cake entero y de tamaño regular, es que es más aceptable comer uno (siempre y cuando sea solo uno, por supuesto). Además, en este caso, como son de manzana, hasta se podría decir que son un buen alimento. A ver si te lo cree tu mamá.

Los preparamos hace un par de días, de nuevo mi hermana y yo. Seguimos la receta paso a paso. Preparamos la masa y rellenamos los pirotines tratando de no ensuciar.


Después de sacarlos del horno y de haber preparado el frosting con mucho cuidado (incluía un baño maría antes de batir los ingredientes), empezamos a decorarlos.


Lo gracioso fue que, para esta receta, nos pedían un ingrediente que no conocíamos (aunque reconozco que decir que mis conocimientos culinarios son básicos es hacerme un halago). Se trata del cremor tártaro. Es la primera vez que escucho de él. Y fue gracioso porque lo compramos en un súpermercado por siete soles cuando en el mercado costaba un sol o dos. Pero así se aprende.

Nosotras le agregamos unas grageas encima para decorarlos, porque no lo pensamos bien y picamos todas las manzanas para el bizcocho en vez de separar aunque sea una para la decoración (la idea era ponerle una tajadita de manzana a cada uno). Pero creo que igual quedaron bonitos, ¿no?


Como lo recomienda Paloma en el libro, estos cupcakes, por el tipo de frosting que tienen, se deben comer lo antes posible (¿será por el cremor tártaro?). Felizmente eso para nosotros no fue un problema. Un cupcake para cada miembro de la familia y luego un par para unas amigas mías y un par para las amigas de mi hermana y se acabaron todos. Le alegramos el día a doce personas, incluyéndonos a nosotras mismas, todo con un poquito de azúcar y, para sentirnos menos culpables, agregándole adelante la palabra light.


Se ve bastante rico, ¿no? La próxima vez, si quieres, te mando un par.
Y si no entiendes por qué preparo cupcakes, lee este post.

jueves, 30 de enero de 2014

Lugares para escribir

Estoy en una biblioteca. En la biblioteca de mi universidad, para ser exacta, a pesar de que estamos en el periodo de vacaciones (vaya nerd). Y las semanas anteriores también he estado yendo a una biblioteca, a la biblioteca de un instituto de inglés al que solía ir cuando estaba en el colegio (el Británico de Miraflores), porque recordé que era un lugar bonito y tranquilo para escribir y leer.

Biblioteca de Montserrat
Siempre he buscado estos espacios. Siempre que voy a una cafetería, por ejemplo, me preocupan más la disposición de las mesas, los enchufes disponibles, la cantidad de gente que asiste, que la comida que me puedan ofrecer. Y siempre estoy pensando en los horarios de las bibliotecas, porque algunas cierran temprano los sábados y casi ninguna atiende los domingos. Solo he encontrado una que sí, pero es la biblioteca de otra universidad a la que solo a veces, con el riesgo de que descubran que no estudio ahí, me atrevo a ir (se trata de la Universidad Pacífico).

¿Por qué es tan importante? Porque es bonito. Porque el ambiente para escribir, creo yo, puede influir bastante en lo que escribimos. A veces, es cierto, estamos tan absortos en nuestra ficción que realmente no importa si la escribimos en el bus de regreso a casa o en medio de una clase a la que deberíamos prestar atención (me ha pasado). Pero, como debes admitir que no siempre es así, es importante ubicarnos en un ambiente apropiado.

¿Por qué todo este discurso sobre los lugares para escribir y los motivos para encontrarlos? Porque te tengo una noticia, querido lector imaginario. Porque el haberme impuesto el hábito de ir a una biblioteca en lugar de quedarme en casa ha rendido frutos. Porque, si bien también en una biblioteca te puedes distraer o aburrir, las probabilidades de que esto suceda son menores. Porque, aunque no a la velocidad que quería, aunque no tan bien como quería, he escrito. Porque, aunque sea un logro mínimo, puedo decir que por fin... No, mejor dejamos esta noticia para alguna otra ocasión. Lo sé, con todo ese preámbulo tú esperabas que te dijera que he terminado un libro.

lunes, 27 de enero de 2014

1 de 40 (o cupcakes de zanahoria)

Esta es la primera receta que preparo, querido lector imaginario, los cupcakes de zanahoria del libro de Miss Cupcakes. No sabes cuán orgullosas estamos mi hermana y yo (y si no sabes de lo que estoy hablando te recomiendo leer este post antes de continuar).

Debían quedar así (créditos de la foto en el libro de Paloma):


Y quedaron así (créditos de esta foto en la memoria de la cámara de mi celular):


Not bad, right?

El frosting no nos quedó igual, porque no teníamos una boquilla redonda así que usamos una estrellada. Y el bizcocho nos salió un poquito más oscuro que el de la foto del libro, tal vez por un exceso de vainilla, qué sé yo. El punto es que salieron buenísimos. Sé que a Miss Cupcakes herself le salen más ricos, pero estoy de todas formas bastante contenta con mi propia versión. Deliciosos, querido lector imaginario. Si no fueras imaginario te preguntaría tu dirección y te enviaría un par.

sábado, 25 de enero de 2014

El burgués de Hermann Hess

Hace un par de meses decidí cultivar un hábito: apuntar en un cuaderno (un cuadernito bonito, de tapa dura, con un diseño ingenioso y páginas de hojas suaves) las citas que más me gustaban de los libros que iba leyendo.

Ya tengo varias citas, no demasiadas, pero varias. Las últimas que agregué son de un libro que he querido leer desde hace mucho tiempo, pero que recién llegó a mis manos en la navidad pasada, como un regalo de mi amigo secreto (se acercó a mí y me preguntó qué cosa iba a querer).

Se trata de uno de los libros más conocidos de Hermann Hess: El lobo estepario. Seguro que tú ya lo has leído, querido lector imaginario. Y seguro que te gustó muchísimo, como a mí y a todas las personas que me han hablado de esta obra. Las citas que copié fueron varias, pero es esta la que quiero reproducir aquí:
Ahora bien, el burgués trata de vivir en un término medio confortable entre ambas sendas. Nunca habrá de sacrificarse o de entregarse ni a la embriaguez ni al ascetismo, nunca será mártir ni consentirá en su aniquilamiento. Al contrario, su ideal no es sacrificio, sino conservación del yo, su afán no se dirige ni a la santidad ni a lo contrario; lo incondicional le es insoportable; sí quiere servir a Dios, pero también a los placeres del mundo; quiere ciertamente ser virtuoso, pero también quiere pasarlo bien y cómodamente en la tierra. En síntesis, intenta plantarse en medio de los dos extremos, en una zona templada y ventajosa, sin grandes tormentas ni borrascas, y lo consigue, aunque a costa de aquella intensidad de vida y de sensaciones que proporciona una existencia enfocada hacia lo incondicional y extremo. Intensivamente no se puede vivir más que a costa del yo. Pero el burgués no estima a nada tanto como al yo (claro que un yo desarrollado sólo rudimentariamente). A costa de la intensidad alcanza seguridad y conservación; en vez de posesión de Dios no cosecha sino tranquilidad de conciencia; en lugar de placer, bienestar; en vez de libertad, comodidad; en vez de fuego abrasador, una temperatura agradable. El burgués es, consiguientemente, por naturaleza, una criatura de débil impulso vital, miedoso, temiendo la entrega de sí mismo, fácil de gobernar. Por eso ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley, la responsabilidad por el sistema de votación.
¿Te llamó a ti también la atención esta cita? No necesito decir mucho. Hermann Hess lo dice todo. Y si eres como yo, querido lector imaginario, seguro detuviste tu lectura y te quedaste pensando un rato cuando llegaste hasta aquí. ¿Soy yo un burgués? Seguro que tú también te lo habrás preguntado. ¿Soy yo una criatura de débil impulso vital? ¿Soy fácil de gobernar?

Esta vez no tengo respuestas (¿acaso las he tenido alguna vez?), sino solo preguntas. Pero a veces es bueno hacerse preguntas, querido lector imaginario, sino definitivamente seremos esa criatura de la que Hess habla, sino definitivamente seremos seres fáciles de gobernar.

Mis misscupcakes cupcakes

¿Has visto Julie and Julia, querido lector imaginario? ¿La chica que decide preparar todas las recetas de un libro a lo largo de un año? Es una película bonita, te la recomiendo. En especial si quieres entender por qué hago referencia a ella el día de hoy.

Voy a inaugurar una nueva sección en el blog. Una sección sobre los cupcakes que prepararé siguiendo las recetas de un libro que mi hermana me regaló por navidad. Cupcakes (o cómo endulzar tu vida a lo largo de un año), escrito por Paloma Casanave, la famosa Miss Cupcakes, y publicado con una hermosa cubierta rosada que te hace querer tenerlo aunque nunca lo vayas a usar. Pero yo sí lo quiero usar.

La idea es, inspirada en el caso de Julie and Julia, preparar todas las recetas que aparecen en el libro. Son en total cuarenta recetas, así que un año debería ser más que suficiente para probarlas todas y repetir las que me hayan gustado más.

Ahora, no es la primera vez que preparo cupcakes. En el colegio tuve un curso de Home Economics en el que nos enseñaron a cocinar. Conmigo no cumplieron su objetivo, porque cuando cocino mi mejor amigo es el microondas, pero sí me llevé del curso una receta de muffins que repetí más de una vez. Es una receta de muffins muy básica, pero la preparé un par de veces porque me gustaba decorarlos después.

Además, pueden prepararse para diversas ocasiones. Siempre son buenos regalos. Yo llevé cupcakes un par de veces al trabajo y cuando les dije que los había hecho yo misma quedé muy bien (modestia aparte, claro). Pero la receta que usaba, como dije, era muy básica. Decorarlos siempre era divertido, pero solo se trataba de un bizcochito dulce que si bien no era feo tampoco era algo que fueras a recordar después.

Por eso me gustaron tanto los cupcakes de Miss Cupcakes. Por eso, cuando mi hermana me regaló su libro, decidí usarlo intensamente y dejar la vieja receta de mi profesora de Home Economics atrás. Así que ese es el plan, querido lector imaginario. Cuarenta recetas. Un año. Un año en el que dejaré de preparar bizcochitos de vainilla con decoraciones diferentes y empezaré a preparar cupcakes de verdad.

Y, por cierto, querido lector imaginario, las fotos que aquí te muestro no son los cupcakes de Miss Cupcakes, sino algunos de los cupcakes que, antes de conocer este maravilloso libro, solía preparar. Son bonitos y me divertí mucho jugando con ellos. Imagina cómo se verán los cupcakes que ahora haré. Brace yourself, cupcakes are coming!




Por cierto, cumplimos el reto. ¡Mira cuántos cupcakes ya hemos hecho!

jueves, 16 de enero de 2014

Escribo mucho y no digo nada (pero puedo cambiar el mundo)

Una vez me dijeron que escribía mucho y no decía nada y yo, por mucho tiempo (bueno, no tanto tiempo), me pregunté si tenía sentido escribir. Es decir, ¿sirve para algo? Escribir un cuento o una novela, por ejemplo, ¿sirve para algo? Pues para mí sí, porque las contadas veces que lo he hecho lo he disfrutado increíblemente. Y para el mundo también, porque, como dice mi querido amigo Mario Vargas Llosa, la literatura, la ficción, nos hace esperar más de la realidad por comparación.

Y es que enfrentarnos al mundo real después de haber estado en un lugar y tiempo diverso hace que lo cuestionemos todo. Es muy difícil no exigirle más a este mundo cuando podemos compararlo con uno mejor. El problema está, por supuesto, en que tener altas expectativas, apuntar alto, tiene sus riesgos, especialmente cuando las expectativas las tenemos sobre un mundo que, te lo advierto, querido lector imaginario, nos va a decepcionar una y otra vez.

Pero, como bien dice Varguitas, es preferible mil veces esta vida de expectativas altas y esperanzas tontas a una conformista que jamás se percate de que puede haber algo mejor. Si le exigimos más a la realidad, si pensamos que el mundo puede y debe ser mejor que el que conocemos ahora, entonces hay más posibilidades de que, eventualmente, comience a cambiar. Por eso los artistas son tan peligrosos para los regímenes autoritarios, señala él, porque hacen que la gente cuestione, porque hacen que la gente desee algo mejor. Por eso es mejor escribir mucho, aunque según algunos no se diga, a nunca intentarlo, creo yo. Y es que escribir puede cambiar el mundo, Varguitas me apoya en esto. Escribir puede ser una fuente de frustraciones constantes, pero puede también hacerte, de vez en cuando, inmensamente feliz (algo así como el amor, para los pobres desgraciados que han tenido la dicha y la mala suerte de experimentarlo).